Otorgan el Nobel de la Paz al premier etíope Ahmed Ali

El presidente eritreo Isaias Afwerki, segundo de izquierda a derecha, y el premier etíope Abiy Ahmed, al centro. A Ahmed le fue otorgado el premio Nobel de la Paz el viernes, 11 de octubre de 2019.

África vive en mí, dice el adagio de una camiseta muy popular en la década del 90 y periodos posteriores. Es un intento meritorio por afirmar en Puerto Rico nuestras raíces negras, producto de la trata de esclavos que hasta 1873 consentíamos en la Isla y que finalmente descartamos gracias a los esfuerzos abolicionistas que nos sacaron —tarde— del oscurantismo. Es también un esfuerzo de recordar que, en la mística oficial de nuestras múltiples “identidades” raciales, es la afrodescendiente la que predomina, a pesar de las incomodidades de aquellos que preferirían silenciar lo obvio, o al menos mantener la metanarrativa de la hibridez racial a partes iguales. Afro-Latino-Caribeños, eso somos. Pero portar la camisa como desafío no necesariamente implica reflexión. Dicho de otra manera, ¿cuántos de nosotros pensamos en África como cotidianidad?

El comentario no es solo una recriminación, es también autocrítica. En mi afán de escribir sobre geopolítica, asuntos estratégicos, diplomacia y relaciones internacionales, he concentrado mis esfuerzos en Medio Oriente, Asia, Europa y Norteamérica. Habiendo corregido mi negligencia con América Latina, procuro ahora con esta columna hacer lo mismo con África. Es importante verter la mirada hacia este continente, puesto que —en conjunto con un grupo de naciones asiáticas— sus emancipaciones no llegan a los cien años. Entre problemas no resueltos (reivindicaciones del pueblo saharaui) y guerras catastróficas de larga duración (República Democrática del Congo), se obvia con frecuencia esfuerzos de individuos y grupos por hacer sus países viables social, política y económicamente, tanto para sus poblaciones como para aquellos que beneplácitamente trabajan duro en una agenda que traiga crecimiento económico y humano. Vienen a la mente las protestas en el Sudán y Argelia _que sacaron gobiernos “vitalicios”—, el esfuerzo cuesta arriba de Túnez por sacar un saldo positivo de la Primavera Árabe —que allí comenzó— a través de levantar, con dificultad, una democracia parlamentaria. En África Oriental, observamos con optimismo guardado, la gestión de somalíes para construir una nación-estado viable tras décadas de vacío. Finalmente, observamos con júbilo en el día de ayer el otorgamiento del Premio Nobel de la Paz al primer ministro de Etiopía, Abiy Ahmed.

Es muy probable que muchos esperaban que Greta Thunberg fuera el recipiente de tan prestigioso galardón. También es cierto que —de haber sucedido— ella lo merecía. Pero en ocasiones el factor estrellato (véase Barack Obama) puede opacar esfuerzos genuinos que, desde el trabajo político, anónimo, particular, ayudan a una nación en el arduo camino a convertirse en viable. No estoy despreciando los esfuerzos de Thunberg y ciertamente no descarto que sea galardonada en el futuro, pero Abiy Ahmed es merecedor. Pocos líderes, logran tanto. En su caso, Ahmed no solo logró en julio de 2018 un tratado de paz con su vecina al norte, Eritrea —acabando con ello cerca de un cuarto de siglo de conflicto interfronterizo—; sus reformas políticas internas —que todavía están por verse madurar— han iniciado a Etiopía en el camino hacia la pluralidad política.

Décadas de autoritarismo, siglos de vocación imperial comienzan a quedar atrás. Claro, no pequemos de exceso de optimismo; falta mucho camino por recorrer en Etiopía, y es precisamente en este momento en el que el andamiaje de la pretendida democracia —al igual que en Túnez— es delicado y susceptible al colapso. Pero es loable el esfuerzo genuino de construir una pluralidad social y política allí donde no la había. Hoy, cientos de prisioneros políticos están en la calle gracias a la gestión de Ahmed; habrá que ver si estos, desde una postura disidente, pueden criticar desde la palestra pública —blogs, redes sociales, radio, televisión— o simplemente increpar abiertamente desde una plaza o una esquina, las insuficiencias del gobierno etíope.

Tal es la naturaleza solapada del premio. El poder de la notoriedad que te confiere el mismo obliga también a la disciplina, pero sobre todo a la consistencia de la obra y el proceso. Abiy Ahmed estará más tranquilo cuando —años después de que el júbilo y el frenesí que significa el ser recipiente de un Nobel de la Paz se haya disipado— pueda sentarse plácidamente desde el retiro a tomarse un café en Addis Ababa, la capital de su país, a delectar el dulce fruto de la concordia, de la conciliación.