Tropas en Afganistán

ARCHIVO - En esta foto de archivo del 28 de noviembre de 2019, soldados armados montan guardia durante una visita imprevista del presidente Donald Trump a las tropas en la base aérea Bagram, Afganistán, en el Día de Acción de Gracias.

Hace unas semanas, el presidente Joe Biden anunció el retiro definitivo de tropas estadounidenses –y por extensión, aliadas– de Afganistán. La fecha de salida, 11 de septiembre de 2021, no fue seleccionada al azar. Se marca ese día solemne el vigésimo aniversario de los fatídicos ataques perpetrados en la ciudad de Nueva York, en Washington, D.C. y el heroico sacrificio de sacrificios de los pasajeros del vuelo número 93 de United Airlines que se estrelló en el condado de Somerset, en Pensilvania, en un intento por retomar el control del avión. La redondez de la fecha atestigua ante todo la pérdida considerable de vidas en los atentados que despertó en la nación americana el afán decidido de retribución en Afganistán –y desacertadamente en Irak–, cegando decenas de miles de vidas adicionales. Marcará también el fin del esfuerzo que movilizó en masa recurso humano y tesoro de la superpotencia para devengar un resultado y clima incierto en el futuro de Asia Central y Meridional.

La motivación primera: hastío y fatiga; en ausencia de victoria total o definitiva en Afganistán luego de 20 años y en vista de los pobres resultados en el terreno estratégico, se da el giro inevitable. Las actitudes mutan, se apaga el hambre y frenesí de guerrear, así como el ambiente político para continuar financiando esta particular aventura militar. Lo que hay es apuro de salir, mientras la institucionalidad militar y diplomática estadounidense preferiría que ignoráramos las condicionalidades específicas que suavizan y atemperan las percepciones públicas –en EE.UU. y Afganistán– alrededor de la salida. Pocos se atreven a entablar paralelos: ¿es este cambio de opinión y proceder similar al instigado por Walter Cronkite en su ominosa intervención televisiva del 27 de febrero de 1968, la misma que declaró la Guerra de Vietnam un ‘empate y estancamiento estratégico’ (stalemate) y exhortó a una negociación honorable para finiquitar el envolvimiento estadounidense en esta? Hay escépticos entre las élites de política exterior, nerviosos de dibujar paralelos, pero desde mi punto de vista las similitudes son difíciles de ignorar, mucho menos de pasar por alto.

Consideremos igualmente la perspectiva afgana: ¿Qué ganaron? ¿Qué beneplácito 20 años de conflicto les acarreó sobre el terreno político, social, cultural y geopolítico? Lo que estos experimentarán llegado septiembre será precisamente el proverbial círculo completo. Es decir, 360 grados mortíferos que –20 años después– les dejará exactamente en el mismo lugar en el que empezaron: con el Talibán pisándole los talones y a un estirón de brazo de hacerse con el poder en el país. Claro, puede que no suceda, puede que el Talibán respete la institucionalidad y el sistema político afgano —deficiente como es— e intentar el juego plural, pero es improbable. Donde único el grupo no influye es en la capital, Kabul, puesto que el aparato gubernamental y de seguridad se encuentra, esencialmente, atornillado ahí. La combinación de problemas serios de gobernanza en otras provincias, la corrupción, la persistente pobreza, la insistencia de imponer normas culturales montadas en los atributos tribales tradicionales (especialmente a las mujeres), el hecho de que la autoridad en provincia pertenece a los señores de la guerra (warlords) y la merma en el financiamiento que sostiene el aparato militar, político y económico serán significativos en la conformación del vacío de poder que eventualmente ocupará el Talibán.

Dependerá de los afganos el próximo capítulo a escribir en la historia de su nación; no será indoloro y el control de sus destinos será determinado por fuerzas endógenas que nunca controlarán. La premura estadounidense en salir define los términos y el tempo y los afganos tendrán que resignarse a aceptar el caos que venga; sus voces reclamando, recriminando a Washington, por el pavor que se aproxima caerá en oídos sordos. El sentido de inseguridad ya acecha y según Ding Xuezhen, Li Zhun y Liu Yupeng en su reportaje para el periódico chino ‘Global Times’, los expertos predicen desconcierto, desbarajuste. A ello se le une una estrategia estadounidense de contraterrorismo que, según Missy Ryan, Shane Harris y Paul Sonne del ‘Washington Post’, enfrentará escollos y no posee pie firme en el corto y mediano plazo. Entonces, ¿qué harán los afganos? La respuesta es simple: vivir y navegar la desesperanza.