Coronavirus Puerto Rico

La pandemia producto del virus SARS-CoV-2 y la enfermedad que produce, Covid-19, ha puesto —sigue poniendo— a prueba las voluntades individuales y grupales de las sociedades y países que la sobrellevan. La diseminación del contagio por lo que, presumo, son todos los confines del globo terráqueo y las cerca de doscientas naciones-estado en que se dividen, nos ofrece un panorama único del manejo de este en múltiples contextos político-gubernamentales. Esto es, crisis como la que está muy presente en nuestros imaginarios cotidianos y ansiedades colectivas, ponen a prueba la efectividad y capacidad de acción oportuna del mosaico de estados que componen la sociedad internacional.

Sin pretender exonerar estado alguno, la novedad en todos los renglones de la aparición de este coronavirus tomó a los gobiernos por sorpresa. Las situaciones no previstas o pensadas como escenarios hipotéticos —como los del grupo encargado de pandemias del Consejo de Seguridad Nacional, que el presidente de los Estados Unidos desmontó en 2017— producen tanteo y pausa ante la incertidumbre sobre la naturaleza de lo que acaba de manifestarse —desastre natural o pandemia— e inseguridad y renuencia sobre cómo proceder ante la poca información disponible. El problema para los estados y las entidades público-administrativas que los corren (los gobiernos) es quedarse ahí, en la inacción o, peor aun, en la acción precipitada y/o contraproducente.

Tanto la inacción como la acción contraproducente tienen el maleficio de lacerar el 'ethos' del estado: procurar el bien común de la comunidad sociopolítica. Los distintos contextos lo ilustran. En China, el miedo de burócratas a medio nivel en Wuhan produjo el mal manejo de las comunicaciones gubernamentales que redundaron en la acción tardía de Pekín en atajar la epidemia. En Italia, España y el Reino Unido, la utilización de criterios absolutos de ‘imagen y forma’, sin sustancia o acción concreta por temor a afectar severamente las relaciones públicas del gobierno —y por ende no declarar estado de emergencia o excepción contemplado en sus legislaciones— redundaron igualmente en la acción tardía y en la exhortación al público de resguardarse.

Estados Unidos constituye quizá el más perturbador de los ejemplos del acto tardío imprudente y nefasto. Primero, la negación de la gravedad de lo que en el momento era un brote ('outbreak') de coronavirus. Segundo, atribuirle al brote etiquetas —por ejemplo, ‘virus chino’— manipulando las percepciones públicas de que este estaba lejos de las costas estadounidenses; es decir, un ‘problema de otros, no nuestro’. Tercero, aceptar tardíamente la realidad cruda de que el Covid-19 ya atacaba a ciudadanos estadounidenses, no solo en la costa oeste sino en el estado de Nueva York, el epicentro de la pandemia en esa nación. Ello instó a la acción, igualmente tardía, por parte del poder público (el gobierno federal) y al patético despliegue de ‘tomarse la situación en serio’, de parte de los medios de comunicación aliados al presidente. Por último, peor y más grave, dar la impresión de empezar a ceder ante las presiones endógenas y exógenas para que los ciudadanos volvieran a circular en el espacio público, descartando medidas y exhortaciones salubristas, en aras de no sacrificar la economía estadounidense que llevaba varios ciclos en recuperación. Las razones, sin duda son utilitarias y electorales; no cabe duda, después de todo, que ‘the business of America is business’. Nada de malo en eso, pero la condición no debe ser, nunca, sacrificando una parte sustancial de la población. Nuestros ancianos, abuelas y bisabuelos, no son carroña desechable para ser sacrificadas al avance devorador del Covid-19. Sugerir —tenue, pero descaradamente— que expongamos a nuestros viejos en favor de la acumulación de riqueza es inhumano y demuestra cuán bajo están dispuestos a llegar algunos elementos dentro del Partido Republicano.

Reitero, la política tiene que ver con el ejercicio del poder y sus consecuencias humanas. Tiene que ver también con la gestión y manutención del balance precario (recursos limitados vs apetencias ilimitadas) y la decisión alrededor de este dilema –siempre incómoda– se hace de manera equitativa, en ocasiones proporcional y no sectaria a nombre del bien común y en beneplácito del conglomerado sociohumano, diverso y plural como es, que es la colectividad. Esto quiere decir, ¡toda la comunidad! quedando fuera la pretensión de excluir o descartar. Negarlo egoístamente tiene como resultado —como sucede en distintas realidades ahora— una catástrofe de salud pública y social.

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