Rosselló

Ricardo Rosselló en su última conferencia de prensa como gobernador.

Recuerdo la vez aquella que me encontré con Ricky Rosselló en una actividad en Yauco. Debió haber sido en los primeros meses de 2013. El grupo Renacer Ideológico Estadista me había invitado a dar una charla sobre la estadidad. Aproveché el momento para aclarar un asunto con él, pues yo sabía de su molestia conmigo por unos comentarios vertidos por mí sobre su eventual candidatura a la gobernación.

Ese día traté de ser lo más honesto que pude. Le dije que no podía respaldarlo para la gobernación, pues me parecía que su aspiración era como el boxeador aficionado que firma como profesional y quiere que su primera pelea sea por el campeonato mundial. Él me miró fijamente, pero no dijo nada. Sin embargo, cuando le dije que por su edad él había brincado una generación y que el relevo generacional dentro del PNP sería un salto hacia atrás, por estar la generación anterior laboral y políticamente activa, me indicó: “Ya estamos trabajando en eso”. En ese momento me sentí en las tinieblas.

La persona que en ese momento quería ser el gobernador de Puerto Rico no comprendía que por el aumento en la expectativa de vida tendría la distinción de gobernar a cuatro generaciones distintas que, de una manera u otra, tenían participación laboral en la sociedad: la de su padre; la de Thomas Rivera Schatz y Jenniffer González; la del mismo Ricky y la de los estudiantes próximos a entrar al mundo laboral. Por ser el concepto “millennials” un fenómeno que captaba enteramente su atención nunca quiso —o no pudo— entender ese asunto, lo que lo llevó a cometer el imperdonable error de menospreciar a las generaciones anteriores.

Tan pronto pasaba el tiempo —con el consentimiento de Ricky— su equipo de campaña desataba por las redes un ataque brutal contra las personas que honestamente diferíamos de él como candidato a gobernador y de sus posiciones programáticas. Además, se desarrolló una estrategia de socavar al entonces presidente del PNP, Pedro Pierluisi, en toda gestión ideológica e institucional hecha con el propósito de adelantar los mejores intereses de la colectividad y de la igualdad política. Todo estaba acompañado de un discurso superficial adobado con mentiras para subsanar las evidentes lagunas que, en su caso, fueron muchas. Toda esa estrategia y la poca participación le ayudaron a ganar las primarias.

En cambio, lo peor de todo fue el entorno de Ricky. Las personas que lo rodeaban eran elementos tóxicos con proyección repelente y con el único propósito de hacer dinero por encima de cualquier otra consideración. En esto siempre se distinguió un grupo familiar con apellido de día de semana en horario de nueve a cinco, pero con intenciones de carácter nocturno que levantaban la sospecha de todos por la exótica gula contractual que manifestaban. Eso fue parte de lo que sucedió al llegar a la gobernación, donde en tiempos de crisis fiscal y económica, un pequeño grupo de depredadores de fondos públicos —allegados a él— disfrutaba del manjar de contratos a expensas de la enorme población indigente que hay en Puerto Rico.

Durante ese tiempo muchos no salíamos del asombro al ver personas que creíamos inteligentes respaldar abiertamente a este muchacho y creerle todas las musarañas que salían de su cabeza. Como incautos, creyeron la existencia de un plan que —por ser una ensalada de conceptos improvisados— nunca funcionó en lo absoluto y fue la mayor impostura que gobernador alguno le haya hecho al pueblo. Su discurso de que tenía la capacidad para gobernar un pueblo con tantas complejidades sociales y un gobierno en extremo burocrático prevaleció. La osadía obtuvo carta de ciudadanía y los efectos secundarios ya los hemos sentido, lo que nos recuerda al Schajowicz de Los Nuevos Sofistas, que a menor edad mayor el atrevimiento.

Un error de Ricky —además de ayudar a matar la estadidad— fue pregonar que en las elecciones de 2016 una nueva generación venía a gobernar a Puerto Rico. Un desdén manifiesto hacia los miembros de generaciones anteriores. Como se vio en “el chat de la infamia”, lo que llegó a la gobernación fue un grupo de jóvenes inmaduros con oscuras intenciones y sin capacidad alguna para gobernar a Puerto Rico en uno de los momentos más críticos de su historia. Sin temor a equivocarme, creo que con lo sucedido el pueblo se curó contra este tipo de político con doble personalidad: el personaje público y el de la trastienda. Eso crea desconfianza en el pueblo y, por ende, fortalecerá para siempre el sistema democrático nuestro.

Mario Ramos, Historiador