Ecuador Election

Esta semana enfocaremos nuestra atención a una parte de la región andina. Me refiero particularmente a Perú y Ecuador, que a principios de esta semana sobrellevaron magnánimos ejercicios electorales, tanto presidenciales como legislativos, para renovar mandato ejecutivo y parlamentario en dos países que atraviesan crisis específicas a sus entornos sociales, políticos y económicos. En Perú, la incertidumbre se manifiesta a través del resultado de su primera vuelta electoral, que ofrece al país alternativas políticas aparentemente polarizadas. En Ecuador, atestiguamos una transición al parecer cíclica y “normal” del poder de izquierda a derecha. Digo “normal” porque el forcejeo entre los campos ideológicos hoy día carece de tal atributo en la región, más dada a la polarización. Aparte de sus dinámicas endógenas, variables externas influyeron en el ambiente político de ambas naciones; todos conocemos la más obvia de estas: la pandemia del covid-19. El beso catastrófico del SARS-CoV-2 nos pegó con fuerza y ni el Perú ni el Ecuador fueron las excepciones de una región que rápidamente se torna —con Brasil a la cabeza— en el epicentro hemisférico. Habrá que, en momento oportuno, escribir extensamente sobre la geopolítica del covid-19 y el madrazo infligido a nivel global. Pero a lo que nos compete.

Comencemos por Perú. El país ha sostenido un cuatrienio marcado fuertemente por la inestabilidad política: cuatro presidentes —a razón de uno por año, uno de ellos por la vía del residenciamiento—, disolución de Parlamento y protestas multisectoriales en su esfera pública. Un desgaste sociopolítico considerable que —parece— no llegará a su fin a juzgar por el saldo arrojado en las urnas, producto de la voluntad política de peruanos y peruanas, a su vez cargado de un sentimiento generalizado de hastío hacia las élites políticas a cargo del país hasta ahora. Por un lado, el sindicalista y exmaestro Pedro Castillo al frente de su movimiento, Perú Libre, ofrece una “vía alterna” repleta de estatismo y nacionalización de bienes estratégicos como la minería —o según Bloomberg, renegociación de términos laborales favorables a los mineros— para sacar a Perú de su crisis. Por el contrario, Keiko Fujimori es un signo de interrogación. Hija de Alberto Fujimori, presidente de Perú en la década del 90 y cuya gestión culminó en desgracia para él cayendo preso, Keiko está a la cabeza de un movimiento que incluye propuestas propias de partidos de centroderecha, que para el sector empresarial y minero de Perú puede sonar bien. No obstante, su postulante, Keiko, carece de credibilidad ante sus propios dilemas con la justicia peruana. Este es el binomio-oferta que se dirige a la segunda vuelta electoral.

En Ecuador, sin embargo —y ya terminada la segunda ronda—, el péndulo político se abalanzó a la derecha. Guillermo Lasso, banquero de profesión y —según Will Freeman en la revista Foreign Policy— perenne rival del correísmo, se hizo con la presidencia ecuatoriana, luego de cerca de 15 años de gobiernos de izquierda. Elegido por un ínfimo porcentaje, el mandato de Lasso, si bien es irrefutable, también es precario. En el Parlamento ecuatoriano su partido es minoría. Por lo tanto, tendrá que mirar a la izquierda correísta y otros acompañantes en la cara y entablar un diálogo político necesario para hacer avanzar su agenda en un ambiente que sin duda continuará polarizado. Según el reportaje de la periodista Ana María Roura, en BBC Mundo, Lasso deberá trabajar el triple desafío de librarse de la sombra de Rafael Correa y de la nueva clase media que floreció durante su mandato; igualmente, la caída precipitada que la pandemia facilitó, impactando el orden sociopolítico y lacerando significativamente su economía, será cuesta arriba. También el aumento de la deuda soberana en los pasados años será un peso considerable para la administración entrante. Finalmente, el prospecto de crecimiento económico en una economía dolarizada. Supongo que la organización que Lasso lidera tendrá otros compromisos programáticos, pero poner todos los huevos en la canasta de un nuevo tratado-relación simbiótica con los Estados Unidos puede presentar —más adelante en el camino— enmarañamientos de los cuales a Ecuador se le hará difícil zafarse. Supongo que es el precio a pagar al no tener soberanía monetaria.

El futuro de la región andina se perfila incierto. Les tocará a incumbentes, nuevos y futuros mandatarios coordinar respuesta, no solo en sus jurisdicciones, sino más allá de sus fronteras. Las realidades sobre el terreno dictarán en parte el proceder y mandatará ajustes sobre la marcha. Ignorarlo conllevaría riesgos y daño irreparable.