Trump

El presidente estadounidense Donald Trump. >Patrick Semansky/AP

Nos encontramos en una coyuntura incierta e inestable en los Estados Unidos. Esta es preocupante para el público tanto doméstico como internacional, pues querámoslo o no EE.UU., sea militar, sea económica, es una superpotencia. En realidad, el resto del mundo, en particular la Unión Europea y las economías y potencias emergentes en Asia, África y América Latina, deberían trazar, necesariamente, un escenario y proceder contingente —alternativo, quiero decir— en el que Washington no necesariamente esté presente, pero al que se pueda adherir a voluntad sin alterar la agenda. Es mucho pedir al resto del mundo, pero tendrán que considerar que los próximos dos meses, que se perfilan inestables en este proceso de “no-transición”, marcarán la pauta de los próximos cuatro años de la gobernabilidad y gobernanza estadounidense.

En el renglón doméstico presenciamos impotentes cómo la civilidad, característica de un país que, desde su fundación hace 243 años y su refundación hace 232 años —cuando los delegados a la convención en la ciudad de Filadelfia aprobaron la constitución, vigente aún— se hace añicos ante la rabieta de un ‘showman’, cuyo ego no concibe el rechazo y no acepta que, pronto, no será el centro de atención. No es lo único que está despedazando; el cuestionamiento de Donald Trump al resultado de las elecciones, apoyado por las huestes reaccionarias que él mismo habilitó, continúan fragmentando —aceleradamente ahora— el diálogo plural, así como el espacio agónico de democracia que existe precariamente en los Estados Unidos. Como dijo Jonathan Tepperman en la revista Foreign Policy y parafraseo: “Aunque haya ganado Biden, esta es la América de Trump”. Lo es; si bien la presencia de Biden en la Casa Blanca pueda calmar algunos elementos de la población y el ‘establishment’ político-institucional, el augurio a partir de enero se proyecta repleto de mezquindad y virulencia, tanto en la disposición como en la acción.

Todo esto ante el hecho innegable del daño irremediable e irreversible, producto no solo de la pandemia sino de sus pésimos, fragmentados y catastróficos e incompetentes manejos. Paralela apreciación se puede hacer del delicado estado de las relaciones raciales en los Estados Unidos, el ‘pushback’ de algunos sectores eurodescendientes —blancos, claro está— al hecho de que Estados Unidos se convierte paulatina, sociológica y culturalmente en Latino-América y las virulentas discursividades y acciones en contra de inmigrantes y descendientes de inmigrantes que buscan —y buscan validar— su sueño americano. La ‘paz civi’ adolece ante las múltiples violencias que hemos visto manifestarse en los últimos años, pero sobre todo en los últimos doce meses, mutando a los Estados Unidos en un ente irreconocible y objeto de desprecio por parte de sus adversarios y enemigos, y de lástima por parte de sus amigos y aliados.

En ese último renglón, el de las relaciones y política exterior de los EE.UU., también hay motivo de preocupación. Más allá de lo que manifesté al principio de este escrito y de las fantasías de imperio y excepcionalidad de algunos en el grupo de poder para con la nación, lo cierto es que la reputación estadounidense se encuentra lacerada ante los ojos y las percepciones de sus contrapartes en el resto del mundo. Ellos, amigos y enemigos, sin duda respiran aliviados, mas no por mucho tiempo. Si bien la administración Biden intentará reparar algo del prestigio de los Estados Unidos, sus pares no lo verán de la misma manera. Quiero decir, ¿qué garantías hay de que la próxima administración republicana, cuando vengan —y vendrá— entretendrá los compromisos asumidos por esta administración demócrata? La reentrada estadounidense al Plan Integral de Acción Conjunta —acuerdo nuclear con Irán— será recibida con hostilidad por parte de Teherán, con escepticismo por parte de Pekín y Moscú, y cautela —aliviada, más que optimista— por parte de Londres, París, Berlín y Bruselas.

No es arbitraria la referencia, el presidente Trump quiso dejar esta semana su huella en el proceso intentando ordenar un bombardeo a instalaciones nucleares en Irán. Esto la historia lo hubiese catalogado como “tierra quemada” —en inglés, ‘scorched earth’— y hubiese dejado el peor de los lastres en una región profundamente inestable. La hipotética conflagración provocada por este acto hubiese sido en definitiva un fuego que la administración Biden y la diplomacia estadounidense hubiesen tenido que apagar.

Ante ese escenario tétrico, no olvidemos que Donald Trump seguirá siendo el presidente por los próximos 60 días. La eternidad que esto supone y los actos que se lleven a cabo a partir de hoy y a partir de entonces tendrán consecuencias inmanentes.