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Recientemente me matriculé en un curso de tres sábados consecutivos en la Universidad del Sagrado Corazón. El nombre del curso era Humortivación Práctica y el profesor era nuestro querido Silverio Pérez. Más allá de confirmar por vigésima quinta vez la genialidad y creatividad de Silverio, el curso me sirvió para confirmar mi percepción de que en Puerto Rico la inmensa mayoría de las personas quieren tener un mejor país y echar hacia adelante de una manera correcta y decente, sin trucos ni corrupción. Además, confirmé también que existen muchos otros “Armandos” y “Mandys”, a los que me referí en mi artículo publicado el pasado 2 de abril en este rotativo.

La diversidad de género, profesión, lugar de procedencia, estatus social y hasta edad de las quince personas que nos matriculamos para el curso, es un claro indicador de que este empeño de vivir en un Puerto Rico mejor no es exclusivo de ninguna generación y mucho menos ninguna ideología política en particular. Desde una joven sicóloga, un retirado de la empresa privada, unas empresarias, una farmacéutica, un par de abogados, una abuela retirada, un maestro de escuela pública con una vocación profunda y un voluntario amante a la naturaleza, hasta un adolescente de un pueblo del sur de la Isla. En su caso, al igual que una aguadeña, estuvieron dispuestos a madrugar y viajar por horas para llegar allí a las 9:00 am por tres sábados consecutivos, con el propósito de expandir sus mentes y alimentar el espíritu. Ciertamente, aquel grupete “prometía” desde el primer momento. De inmediato nos percatamos de que había una química especial que creaba cohesión en aquellas almas. Lo que no sabíamos era que en solo tres sesiones lograríamos una fusión de espíritu de tal naturaleza, que desde la segunda clase ya nos apenaba el pensar que, eventualmente, no habría un próximo sábado.

Sin lugar a duda, Silverio logró que —mientras nos reíamos y disfrutábamos de sus ocurrencias y anécdotas— aprendiéramos a valorarnos, a entender mejor y a respetar a los demás y a disfrutar de lo que cada cual tiene para aportar. Mis compañeros de aula fueron extraordinarios. De todos me llevo un gran recuerdo y atesoro inmensamente las aportaciones de cada cual en un proceso que se convirtió en uno de “soul searching” para muchos. Sin embargo, tengo que destacar a Pepito (nombre ficticio), porque con solo 17 años y —a pesar de que registrarse en el curso fue una idea de sus padres— se “entregó” a la experiencia y fue capaz de compartir, con gran candidez, con un grupo de adultos totalmente desconocidos para él, pertenecientes a otras generaciones muy distantes a la suya. Al hacerlo, nos dio grandes lecciones de sabiduría que ninguno de nosotros olvidará. Además, nos presentó situaciones muy dolorosas a las que se ha tenido que enfrentar a su temprana edad con sus amigos de la escuela. Para ellos, sin darse cuenta, se ha convertido en un consejero, sicólogo y, sin lugar a duda, un ángel de la guarda. Es por eso que dedico este artículo principalmente a él y a sus padres, a quienes tuve la oportunidad de conocer y felicitar el primer sábado, porque soy fiel creyente de que todo empieza en el hogar; esa es la base de todo. Por esto no tengo dudas de que necesitamos más “Mandys” y “Armandos” en este país. La presencia de Pepito allí me demuestra que los hay.

Los puertorriqueños necesitamos entender de una vez por todas lo maravillosos que somos; entender el valor que tenemos como individuos y como país; asimilar de una vez que tenemos que darnos a respetar ante el mundo, porque nos lo merecemos por mérito propio y, finalmente, quitarnos las gríngolas de colores que tanto daño nos hacen y no nos permiten llegar a nuestro máximo potencial como pueblo.

Los Mandys y los Armandos están ahí; los he conocido. La gente de todas las edades, de todas las profesiones, clases sociales y todos los puntos de la Isla están ahí; los he conocido. Están listos para transformar nuestra sociedad. Lo que nos falta es voluntad y disciplina para ejecutar el cambio de dirección que necesitamos.

Te invito a que visites mi página Yldefonso López para que tú también “vengas virao”.