South China Sea

(Liu Rui/Xinhua via AP, File)

La semana que acaba de concluir trajo consigo turbulencias. Aparte del nefasto anuncio por parte de la Organización Mundial de la Salud de un récord de infectados por Covid-19 en un solo día (domingo 21 de junio de 2020 y superado al día siguiente), nos topamos con la noticia de que la República Popular China retomaba sus prácticas navales agresivas en el Mar de China Meridional (South China Sea). La movida puso en alerta las naciones del sudeste asiático que comparten el cuerpo de agua con esta, particularmente Vietnam, pero también Taiwán, Filipinas, Malasia, Indonesia y Brunei, que preferirían que Pekín no tratara al cuerpo de agua como su laguna privada. Los chinos, sin inmutarse, embisten. Y a falta de una respuesta coordinada se salen paulatinamente con la suya en un cuerpo de agua por donde pasa un cuarenta por ciento del comercio mundial por la vía marítima.

Las intervenciones de las fuerzas navales y guardacostas chinos incluyen incursiones y abordajes en navíos pesqueros vietnamitas. Son precisamente los botes de este país los que más sienten los embates de la marina de guerra china. Dos incidentes recientes resultaron en hundimientos, dejando a la deriva a pescadores en altamar para contrariedad no solo de Vietnam sino de las naciones preocupadas de que Pekín termine regulando fuertemente, o peor, prohibiendo la pesca en la región. La movida hostil es completada con el avanzado proceso de construir o expandir instalaciones militares en las Islas Spratley, Paracelso y el Cardumen Scarborough (Scarborough Shoal). El objetivo es reclamar soberanía más allá de la placa continental. Igualmente, según Al Jazeera, China procura adiestrar una nueva generación de oficiales navales en tácticas dirigidas a interactuar (enfrentar, mas bien) a la única potencia capaz de igualar su proyección de fuerza: los Estados Unidos.

Es la intención de Washington dejar saber a Pekín que el Mar del Sur de China no es exclusivo de estos. Para ello, e irónicamente, utilizan el principio de ‘libertad de navegación’. En el derecho internacional y consuetudinario, este implica que cualquier navío, en legítima actividad propia del comercio internacional y que porte la bandera de un estado soberano no debe experimentar intervención, abordaje, intrusión, confiscación o destrucción arbitraria de este por parte de otro. A esos efectos, Washington desplegó un considerable contingente naval, señalando con ello que, a pesar de la pandemia, estos no tolerarán el proceder agresivo chino. La ironía va más allá de la mera presencia de fuerzas estratégicas. Los Estados Unidos utiliza a Vietnam, su antiguo enemigo, como puerto de atraco (dock) y reabastecimiento de sus navíos. Una convergencia interesante que ha convertido a Washington y Hanoi en socios estratégicos. Claro, esto le sienta bien a Estados Unidos. Demonizar a Pekín es parte de la cortina de humo que desvía la atención del público del pésimo manejo salubrista en esta nación durante su propio proceso de epidemia.

El dilema actual y las acciones que sobrellevan los estados de la región es delicada, también apropiada, pero no suficiente. En ese sentido, la cumbre remota de la Asociación de Estados del Sureste Asiático (ASEAN, en inglés), que Vietnam organiza, debe posibilitar el diálogo interestatal en la búsqueda de convergencias de posturas y consensos para enfrentar los dilemas que las mantiene inquietas. Una de esas convergencias trata precisamente de compartir estrategias efectivas para atajar el Covid-19 (Hanoi ha trabajado ejemplarmente en este renglón), para reproducirlas. Del mismo modo, una declaración enfática dirigida a Pekín, ayudaría a dejar claro a estos que, si se empeña en disponer arbitraria y egoístamente en impedir el desarrollo de este conglomerado, será enfrentada en el plano estratégico, diplomático y geopolítico.