Thomas Rivera Schatz

El presidente del Senado, Thomas Rivera Schatz.

Desde Carlos Romero Barceló no se había visto en el PNP un líder que tuviera tantos enemigos internos y externos como Thomas Rivera Schatz.

Los ataques a su figura –abiertos o solapadamente- tienen la frecuencia de la lluvia: son periódicos. Tal vez sea por eso que a muchos el actual líder de la Palma les recuerda los años aquellos de los setenta cuando el partido, la organización y la disciplina eran principios rectores en la operación política diaria y en la estrategia y ruta a seguir durante la campaña electoral.

Cuando el PNP ganó en 2008 un sector del partido vio en Rivera Schatz la representación del bando de Pedro Rosselló. Se levantaron un sin número de especulaciones sobre fricciones que pudieran haber entre el gobernador Luis Fortuño y el presidente del Senado. Incluso, se llegó a decir que habría enfrentamientos abiertos y amagos de cisma y división. Sin embargo, nada de eso sucedió. Dentro de la discrepancia de visiones el cuatrienio fue tranquilo y los proyectos programáticos se aprobaron sin dificultad alguna.

En los primeros meses de ese cuatrienio a la legislatura llegaron proyectos que iban en detrimento de los derechos de los trabajadores y del bienestar del pueblo en general. Estaban dirigidos a beneficiar al sector de mayor caudal económico del país. Esto incluía eliminar derechos adquiridos en distintas leyes laborales. Algo que perjudicaría a los empleados que apenas ganan el mínimo federal. Era una legislación insensible producto de los grandes bufetes corporativos de Hato Rey. Thomas Rivera Schatz, que había establecido una oficina de Asuntos Laborales en el Senado, se opuso a ese tipo de medida y se ubicó en el bando de los trabajadores.

Luego de la derrota de 2012 tuvo que levantar los escombros que dejó Luis Fortuño y ayudar a reorganizar el partido que en ese momento lo presidía el entonces comisionado residente Pedro Pierluisi. Durante ese tiempo logró organizar para los legisladores una estructura política y electoral impresionante, mucho mejor que la de las dos personas que en ese momento se disputaban la candidatura a la gobernación.

En 2016 subió al poder una camarilla de personas distinguidas por su arrogancia y sed de poder y no por sus buenos deseos de servirle al pueblo. Se entronizó con carta de ciudadanía el desprecio a los mayores de cincuenta años, y la terquedad como brújula en el camino. Sus amanuenses inmediatos desataron en las agencias una persecución y maltrato contra personas de afiliación penepé; todo porque en las primarias ellos habían votado por la persona que –sin nunca esperarlo- luego les fallaría aliándose con la Junta de Control Fiscal y los jerarcas del nuevo gobierno.

Ricardo Rosselló nunca reorganizó el PNP ni recogió dinero para pagar la deuda. Todo el dinero que recogió fue para él; para su campaña. Su egoísmo era del tamaño de su arrogancia. Al irse dejó al partido desorganizado y sin motivación. Fue un gobernante que en privado dijo múltiples veces que podía ganar la reelección sin la ayuda del PNP. O sea, fuera de las estructuras del partido. Eso lo llevó a obstruir el trabajo de Jennifer González en Washington al contratar abogados para que hicieran el trabajo que por ley corresponde a la Comisionada Residente; de querer eliminar municipios –olvidándose del regionalismo cultural de cada pueblo-; de querer gobernar por decreto a través de órdenes ejecutivas y por encima de la Asamblea Legislativa; de darle la espalda a los policías –que el PNP los perdió para siempre-, y de enajenar al liderato cristiano y obrero.

Esa es la diferencia entre una persona que llega a la presidencia desde abajo a otras que llegaron en paracaídas. Los casos de Pedro Rosselló, Luis Fortuño y Ricardo Rosselló son emblemáticos de la adulteración en que ha caído el partido de la Palma. Todos llegaron, luego se fueron con los beneficios que el poder les otorgó. Ellos convirtieron al PNP en una fábrica de contratos, sin importar la crisis en que estamos. Familiares y amigos cercanos –con voraz apetito- degustarían del manjar del poder que estos individuos crearían, porque ellos convirtieron a su propio partido en un lugar para hacer dinero.

Por evitar un desastre político –donde la desafiliación ha adquirido caracteres alarmantes- hay que darle crédito a Thomas Rivera Schatz, que como líder que ha venido desde abajo a través de toda la estructura organizativa está enteramente decidido a detener la erosión producto de la desidia del pasado, y que el partido de Luis Ferré y Carlos Romero Barceló se convierta en un osario de cenizas.

Mario Ramos, Historiador