Justicia

>Suministrada

Conciliar se revela como uno de los verbos del diccionario de más áspera conjugación. A pesar de su envoltorio amable, de su etimología apaciguadora, a la hora de ejecutarlo, se ve sacudido por la condición humana y no se deja escalar con facilidad.

Conciliar entraña una convivencia cordial derivada de la aceptación de las diferencias, incluso de las antagónicas, esas que sitúan a unas partes que acaban siendo bandos en los extremos del espectro ideológico.

Una predisposición por conciliar hubiese evitado la mayoría de las masacres, sometimientos y preponderancias violentas de la historia.

Sin embargo, la misma historia ha demostrado que el ser humano prefiere masacrar, someter y preponderar, y cuando lo hace, como vencedor, conjuga el infinitivo desde un plano de superioridad, circunstancia que hace impropia cualquier acepción, siquiera mínima, del sustrato que da sentido a conciliar.

Cuando una persona defiende sus derechos y, a su vez, es capaz de reconocer el derecho de los demás a defender los suyos sin cancelarse mutuamente, se dota de un eclecticismo en la mirada, de una aceptación sin miedos a lo diferente, de una pedagogía multidireccional que no está presidida por el afán de hacer prevalecer su posición con la rodilla en el cuello de quienes defienden la contraria.

Esto cobra vital importancia cuando los derechos que se defienden están inexorablemente atados al campo de las ideas; ese lugar que una persona visita para pensar y repensar, construir y deconstruir, cuantas veces sea necesario.

En ese espacio, en esa tierra de nadie, por su propia naturaleza y definición, deberían fomentarse y defenderse las divergencias como condición necesaria para su existencia y fertilidad.

Por eso, cuando se trate del ámbito de las ideas, defender las libertades individuales -siempre que las conductas derivadas de estas no vulneren las del prójimo– debería ser un requisito de admisión en cualquier terreno; nadie debería poder señalar con el dedo índice para imponer su propia cosmogonía de ideas.

Por el contrario, las personas deberían decantarse por la autonomía para elegir posturas sin injerencias normativas que secuestren el sustrato del ser, es decir, la libertad, como ocurre en las sociedades avanzadas que no son sino las que se han sacudido de la influencia de los regímenes totalitarios en la política y en el Derecho.

A diferencia de los que contemplan esa libertad solo desde su óptica y que han exacerbado su frentismo, la persona que quiera defender los derechos del otro debe contribuir a la concordia, a un entendimiento mediatizado por la razón.

Cualquier señalamiento del adversario ideológico como enemigo, cualquier etiqueta de fundamentalismo que colguemos sobre los de enfrente, nos convierte asimismo en fundamentalistas y nos excluye de habitar esa intersección terrenal donde debiese señorear la conciliación y no la guerra.

Jaime L. Sanabria Montañez Abogado laboral y Profesor de Derecho UPR