Donald Trump

En los últimos 30 años, la capacidad de crear y diseminar contenido sutil o abiertamente alterado ha aumentado enormemente, sobre todo, a medida que un gran número de personas ha accedido masivamente a internet. La interconectividad global lograda desde su invención no trajo consigo controles efectivos sobre la distribución de contenidos verificables.

Ciertamente, hoy día hemos agravado el fenómeno de la “realidad falsificada” a través de la creación digital de imágenes, vídeo y documentos que son representaciones convincentemente “realistas” de cosas que nunca ocurrieron o no existieron exactamente como se representan.

Gartner Inc., una empresa consultora de tecnologías de información, con sede en Stamford, Connecticut, sostuvo que en 2022 el público occidental consumirá más noticias falsas que verdaderas y que no habrá suficiente capacidad tecnológica para contrarrestarlas. Predijo que la creación de ‘fake news’ superará la capacidad de la AI (Inteligencia Artificial) para identificar y rastrear marcadores en contenido falsificado más rápido que los revisores humanos.

Sin duda, vivimos una crisis de significados alterados. Palabras o conceptos como democracia, estado de derecho, nacionalismo, dictadura, legitimidad, ley, exclusión, libertad, independencia, han quedado huérfanas de sus significados originales.

Todas estas predicciones se cumplieron en los últimos cuatro años de la nefasta presidencia de Donald Trump. Sin duda, el más influyente portavoz de una insistente y descontrolada perversión de las palabras, programadas para mentir y crear realidades falsas, a través de los medios electrónicos de difusión social.

Sobre todo, Trump dominó Twitter de una forma que ningún candidato a presidente había conseguido hasta ahora. Liberó y redefinió el poder de su formato de hasta 280 caracteres como herramienta para promoción política, distracción y ataque. El propio Trump escribió la mayoría, si no todos los mensajes, algo que suele ser del agrado de la comunidad tuitera. Más importante, su imagen en Twitter no difería de la que estaban acostumbrados a ver en televisión. Fue rompedor, irreverente, provocador, insultante, agresivo y ofensivo.

A pesar de la reciente determinación del gigante del microblogueo de suspender permanentemente a Trump de su plataforma, realmente privilegió ese tipo de discurso simple, impulsivo y no pocas veces irracional, por demasiado tiempo.

Recordemos que, en uno de sus más notorios tuits, Trump escribió que el concepto de cambio climático fue creado por los chinos para hacer la industria norteamericana menos competitiva. También, su desfachatez contra toda recomendación salubrista para aplacar la pandemia, y su insulto a los participantes de las protestas contra el racismo y la violencia policial en junio de 2020, llamándolos “perros salvajes”.

En los pasados días, logró convencer a cerca de 30 mil personas de irrumpir en el Capitolio para interrumpir con violencia la confirmación de los resultados electorales que acusó falsamente de fraudulentos, pese a no tener pruebas y a ser desestimadas 61 peticiones ante los jueces. Le impartió un toque de nacionalismo alterado, con una impresión de cierta coherencia, manipulando los hechos, imponiendo la opinión de forma “patriótica” en su base electoral.

No es distinta la situación en Puerto Rico. Parece que los hechos no nos importan. Reconocer la corrupción en nuestros gobiernos y las imposiciones de la Junta de Control Fiscal, no genera el activismo general.

Si ya es difícil conocer los hechos, cuando finalmente llegan, no importan. Las dinámicas partidistas hacen que se conviertan en irrelevantes. Tenemos la costumbre de sustituir los hechos por opiniones. Se miente tanto que incluso algunos consideran, cínicamente, que esa es la esencia de la política en una democracia.

Sin duda, el uso irresponsable e indiscriminado de las redes sociales, fomenta y difunde la distorsión de los acontecimientos. El internauta común, empoderado por el poder del medio electrónico, intelectualmente caracterizado por la impropiedad de su fraseología o por la confusión de sus ideas, no permite distinguir entre verdad y mentira. Destruye el criterio de verificación: los hechos.

¿Cómo se pueden contrarrestar los mecanismos de engaño que suponen las ‘fake news’ y sus “realidades” falsificadas? Buscando y comparando información de fuentes independientes, rigurosas y no manipuladas, que traten con objetividad los hechos y los separe claramente de opiniones sin fundamento. Fuentes de acceso gratuito, que promuevan el pensamiento crítico, apoyen la educación pública y la cultura, que le den acceso igualitario a inteligencias diversas, y se alejen del “marketing político”. Tarea difícil, ciertamente.