Covid-19, Puerto Rico

La pandemia ha cobrado más de 2,500 vidas en Puerto Rico. >Carlos Rivera Giusti/EL VOCERO

Los fenómenos naturales por catastróficos que puedan parecer, son eventos que de una u otra forma los científicos estudiamos, en el afán de predecirlos con miras a mitigar sus efectos. Los entendemos como eventos producto de las dinámicas de energía del planeta; un planeta que se mueve en el espacio e internamente mediante el desplazamiento de inmensas placas llamadas placas tectónicas.

En los últimos 20 años hemos adelantado mucho con el tema de los huracanes, incluso con los menos predecibles tsunamis y volcanes. No obstante, la pandemia del covid-19 nos trajo ángulos que jamás habíamos enfrentado o tan siquiera considerado como efectos directos o colaterales de la enfermedad. Esta pandemia se convirtió en un reto, en gran medida por la alta capacidad de movilidad poblacional de estos tiempos, y el poder lidiar con un virus tan mortal en unas economías globalizadas tan desiguales, donde nadie confía en el semejante.

No era la primera vez que la humanidad enfrentaba una pandemia, pero sí era la primera vez que contábamos con un amplio arsenal de técnicas e investigaciones previas, y aun con esto a la mano tuvimos que esperar meses para ver un poco de luz al final del túnel. No obstante, lo más que me impresiona y motiva a esta reflexión es que con tal diversidad de organizaciones, de todo tipo, que hacen opinión pública y estudios en Puerto Rico, incluyendo muchas profesionales, nos enfocamos solo en aspectos limitados de la pandemia, dejando atrás cosas como el diseño de estudios sociales, la toma de datos, el análisis, el diagnóstico y el impacto de la pandemia sobre los individuos y la familia en el encierro.

Subestimamos estos efectos, pero créanme, están bien presentes. No se ha estudiado a la saciedad cómo las decisiones tomadas por el gobierno han contribuido a destruir núcleos familiares, provocando —con el desorden e improvisación— estados de ansiedad que pueden haber llevado a la violencia, desestabilizado individuos y parejas, y atrasado el desarrollo académico de miles de niños del sistema de educación. Además, hemos fomentado y modelado sistemas de apoyo económico basados en la “jaibería”, la mentira y la deshonestidad, ayudados por la incapacidad gubernamental o simplemente por lucir dadivosos ante la crisis. Lo anterior perseguirá a nuestra sociedad por muchos años y en el caso de los niños, el daño es permanente.

En los medios hemos sido igualmente víctimas, pues nos llevaron a enfocarnos en el teatro de las batas blancas y los comités de expertos, y en el mal llamado “dashboard”, que de paso, nunca ha podido comunicar algo que entienda la población y sirva para tomar decisiones claras y acertadas de política pública. Apuesto a que somos el país de más “epidemiólogos” por milla cuadrada en el mundo y salían por todos lados con opiniones diversas, con pocos o ningún dato confiable.

Por último, me confieso víctima colateral de la pandemia de covid-19; lo que no pudo lograr el virus, lo logró el encierro y la falta de herramientas para manejarlo en el núcleo familiar de mi hogar.

Aprendamos de esta experiencia, y si deseamos verdaderamente construir un país de provecho —para esta generación y la próxima— dejemos atrás los estilos tradicionales de atender estos desastres y miremos al interior del hogar y la sociedad y no meramente la ciencia de un virus potencialmente mortal. Se los dice un científico.