Papeleta

En menos de una semana, los electores de Puerto Rico deberán decidir el rumbo que seguirá el País por los próximos cuatro años.

La campaña electoral ha girado en torno a la discusión de cuál sector ideológico habrá de controlar el gobierno y establecer la política pública del próximo cuatrienio.

Ese argumento —que no necesariamente es la prioridad de los electores— ha tomado mayor relevancia, luego del resultado de las primarias de agosto pasado. La razón es sencilla: de cierta manera, el espectro político se ha polarizado al nominar candidatos que han estado ubicados en ciertos sectores ideológicos a lo largo de sus respectivas carreras; y, también, ante la entrada de nuevos candidatos y partidos emergentes.

Por un lado, el triunfo de Pedro Pierluisi representó el avance de la estructura tradicional del PNP que veía en la gobernadora Wanda Vázquez una candidata distante que no era parte del entorno político del llamado “establishment” novoprogresista.

Pierluisi, es un candidato afín para ciertos sectores económicos, como la Milla de Oro; y, de seguro, es el favorito de la Junta de Supervisión fiscal.

Por su parte, el triunfo de Charlie Delgado abrió las puertas por primera vez para que un alcalde fuera del área metropolitana pueda aspirar a la gobernación; lo que de por sí, ya es una conquista importante dentro del PPD.

Igualmente —no hay por qué negarlo— el triunfo de Charlie y su equipo de trabajo le otorgó prominencia al sector soberanista del PPD que históricamente había estado luchando por obtener el máximo liderato dentro de las estructuras de la pava.

Ciertamente los soberanistas ya no son un ala dentro del Partido Popular; ahora están al mando de las decisiones institucionales. Pero esas decisiones conllevan responsabilidades. Y una de ellas, es lograr una armonía institucional en el tema del estatus, que permita que todas las vertientes se sientan con el mismo derecho y el mismo espacio de exponer sus perspectivas, en un partido de centro, que se nutre de diferentes corrientes de pensamiento.

Esa visión se hace necesaria en este momento toda vez que, según las encuestas, cerca de un 10% de los populares aún no se decide por salir a votar íntegro bajo la pava por diversas razones. Esa cifra debe representar aproximadamente unos 53,000 votos que pueden ser decisivos en esta elección.

Aunque tengo el convencimiento de que —al final del camino— la gran mayoría de esos electores van a votar por la pava, la pregunta que queda pendiente es si otros electores de otros partidos tendrán el interés de salir a votar por el PPD; escenario que, en este momento, parece incierto.

Sin la posibilidad de hacer una encuesta a tan poco tiempo de las elecciones, la parte final de esta campaña descansará en los últimos mensajes y en el instinto de los dirigentes que tendrán la difícil tarea de lograr el respaldo de los electores indecisos.

Hace un tiempo les explicaba que esta elección es un complicado tablero de ajedrez, que requiere mucha cautela ante el desconcertante flujo de electores entre diversas tendencias de partidos e ideologías. Eso se debe a que el desglose de esos votos —en sus respectivas proporciones— será decisivo en estas elecciones.

Por ejemplo, si tomamos como ciertos los últimos estudios de opinión, todo parece indicar que el PNP obtendrá aproximadamente el 40% de los votos, lo que sería un 2% menos que en las elecciones de 2016.

De ser así, entonces el número mágico será 19%. Esa cifra representa el límite del total de votos que deben obtener los partidos minoritarios en conjunto para que el Partido Popular Democrático tenga opción al triunfo.

Me explico:

Tal y como vaticiné hace varias semanas en este mismo espacio, si el PNP obtiene el 40% de los votos, habrá que observar si Juan Dalmau del PIP, Alexandra Lúgaro del MVC, Cesar Vázquez del PD y Eliezer Molina, obtienen, entre todos, el 19% o menos de los votos. De ser así, matemáticamente el Partido Popular obtendrá el 41% y habrá ganado las elecciones de forma cerrada.

Ahora bien, si la cifra de los candidatos emergentes se coloca en 20% tendríamos un empate (40% PNP y PPD) y con ello, un recuento. Pero si ese grupo de cuatro candidatos obtienen —en conjunto— el 21% de los votos o más, el PNP ganará las elecciones con 40%, mientras el PPD obtendría un 39%.

Por eso, a sólo seis días de las elecciones el PPD tiene que amarrar el voto íntegro, quitarle al menos un punto porcentual al PNP y evitar que los demás candidatos a la gobernación excedan del 19% de los votos.

Todo eso en sólo seis días. Un reto arduo, sin duda, que decidirá el resultado electoral y, con ello, el futuro del País.