Pierluisi

El gobernador electo Pedro Pierluisi. >Brandon Cruz González/EL VOCERO

¡Qué amargura tan honda/para el paisaje, /el héroe de la fronda/sin ramaje! —Federico García Lorca.

Fundado en 1967 como el partido donde “los humildes serán los primeros” y “hay que alcanzar la nueva vida”, en los primeros 16 años el PNP fue un partido de inclusividad y compasión hacia los pobres. Fue por la filosofía de Luis A. Ferré y Carlos Romero Barceló; este último como presidente lo convirtió en un partido de masas y reorganizándolo desde los comités de barrio que se desarrollaron con vida propia.

En los noventa comienza una metamorfosis. Lo que era un partido de obras y lucha por la estadidad con profundidad ideológica, se le adhieren unas características que afectarán su imagen por muchos años. La corrupción se entroniza y se convierte en uno de los actores principales; las personas con prestigio profesional se desligan de la política; la gente sin solvencia académica comienza a ocupar los puestos electivos; se trata a la base como elemento utilitario a usarse solo el día de las elecciones; la ingratitud es la moneda gratificante a la lealtad del humilde; y, lo peor de todo, se convierte en el primer partido anti intelectual de la historia.

Lo sembrado ayer es cosecha hoy. La institución desvanece y unos pocos la han convertido en un antro para el aprovechamiento económico, donde al humilde de la base que vive en los pequeños pueblos no le contestan las llamadas, no se le atiende y, lo peor de todo, se le mira por encima del hombro. Es una subcultura arraigada en la estructura operacional del PNP como institución, y donde el elitismo se ha convertido en el medio ecológico de unos pocos. Thomas Rivera Schatz trató de revertir esa desenfrenada inercia con caracteres ya históricos, pero no tuvo el tiempo suficiente para remediarlo.

Es un hecho constatable que personas llegan a puestos electivos y luego se creen celebridades. La baja autoestima y la ausencia de vocación de servicio público se dan la mano, y es una conducta que enajena para siempre a los miembros de la base que se vuelven alérgicos a todo lo relacionado con el partido por el que una vez estuvieron dispuestos a dar la vida. Construyen una frontera donde ellos son la élite y lo demás el vulgo, y en el menosprecio crean un grupo cada vez más numeroso; el expenepé.

Luego de cada elección surge la subcultura de la ambición y la codicia. Frases como, “¿Te han dado algo?”, son respondidas con; “No me han dado nada, todavía”. Algo parecido me sucedió dos semanas antes de las elecciones de 2008 en el comité central del PNP. Había una cantidad de gente considerable. El tema principal eran los puestos en el gobierno y los contratos. La estadidad y la filosofía fundacional del PNP no estaba en el ecosistema mental de los allí presentes. Fue una decepción enorme que tuve, cuando ese noble ideal lo llevo desde niño en mis entrañas y por el que he llorado amargamente las veces que no ha salido victorioso, y por el que siempre lucharé con todas mis fuerzas hasta el último segundo de mi existencia.

La proliferación de partidos que se ha dado en los últimos años es producto de los desencantos que hay con el PNP y el PPD. Son la versión laica de la proliferación de sectas religiosas desafectas de las iglesias tradicionales, y que en estas elecciones se demostró cabalmente que las creencias políticas ya no son un elemento hereditario como lo fueron antes. Muchas familias puertorriqueñas dejaron de ser lo que habían sido.

Prueba al canto son los resultados de las elecciones. La estadidad obtuvo 216,223 votos más que Pedro Pierluisi. 52.35 a 32.93 por ciento, respectivamente. O sea, un 34.7% no votó por el PNP. Evidencia que ya hay una cantidad considerable de estadistas no afiliados. El “soy estadista, no PNP” adquiere vida propia.

En realidad, para ser justos, esto no es responsabilidad de Pedro Pierluisi, —nota al calce; su hermana Cary tal vez sea la única mujer en la historia en dirigir una campaña a la gobernación—, sino de heridas acumulativas de años que estallaron ahora. Él tiene una tarea ardua por delante. Preveo que será un buen gobernador, pero debe despolitizar el gobierno y eliminar la grotesca figura de coordinador político; y si mantiene su estilo de contestar mensajes, devolver llamadas, ser accesible y cambiar impresiones con la gente de la calle —como hacía en sus días de comisionado residente— podría comenzar un proceso de mitigación de daños, recuperar el rebaño disperso, darle cariño a la base y llevar al PNP a lo que fue en sus orígenes.

Mario Ramos, Historiador