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Esta semana Puerto Rico escribió una página nueva en su historia y tiene diferentes matices.

Por un lado, un número muy reducido de votantes, específicamente menos de una tercera parte de los que acudieron a los colegios electorales, le devolvieron la confianza a la administración que nos entronizó tres gobernadores en cuatro años, dejó morir al menos cuatro mil puertorriqueños tras María, y nos podría costar, lastimosamente, otros mil muertos antes de finales de este año tras el desastroso manejo, tanto del proceso de recuperación después de los huracanes, como por la ausencia de un plan científico para evitar los contagios y las decesos por el Covid-19. A esto hay que añadir la deficiente relación con el gobierno estadounidense, que fue la causa eficiente de la pérdida de miles de millones de dólares en fondos federales que pudieron destinarse para la restauración del País tras los desastres y un manejo más eficiente de la pandemia de Covid-19.

Por otra parte, la mejor apuesta para renovar el gobierno abusador que rigió durante el cuatrienio que culminará en diciembre lo era el Partido Popular Democrático, que quedó en un muy cercano segundo lugar en esta contienda. Toca al PPD pasar por un proceso de autocrítica y análisis profundo de las razones detrás de este desenlace.

Pero, lo más relevante en esta hora no es el hecho de que los dos partidos que durante medio siglo mantuvieron una alternancia para acceder al poder sigan ocupando los dos primeros puestos en estas elecciones. Uno de los acentos de este momento histórico es que más del tercio del total del electorado lo ocupan el tercer y cuarto lugar de la contienda a la gobernación: por un lado, el Partido Independentista Puertorriqueño, que representó durante las décadas pasadas una pequeña minoría, y por otro, el Movimiento Victoria Ciudadana, de nueva creación.

Ciertamente, los acontecimientos relacionados con el rechazo a un gobierno corrupto y despegado de los mejores intereses del País que vivimos todos en el Verano de 2019 fueron la tierra fértil que germinó estos resultados electorales, no solo de la gobernación, sino la forma en que decantaron los puestos que serán ocupados en la Asamblea Legislativa y algunas de nuestras alcaldías.

Por ello, el análisis a realizarse no puede ser visto desde la óptica del tribalismo político, sino desde la mirada de todo el universo que compone nuestro atribulado país. Es particularmente importante escuchar a nuestros jóvenes y adultos jóvenes, no con menos interés que el que le dedicamos a los adultos mayores y a los viejos, sino con el mismo nivel de atención. Después de todo, es sobre sus hombros que descansan el presente y futuro de nuestro país, y de que el gobierno tenga la capacidad de solventar los servicios esenciales, pagar la nómina pública, las pensiones de nuestros retirados y la parte de la deuda que sea negociada de forma razonable.

El futuro de Puerto Rico se ha pintado de colores y es hora de dejar atrás la retórica, la intolerancia, el carrerismo político, el clientelismo y la corrupción, vengan de donde vengan. El partido al que le tocará gobernar durante los próximos cuatro años tiene que reconocer que ya no ocupa una posición de poder de forma mayoritaria.

Nos toca agradecer a cada persona que desafió el terror del contagio por el Covid-19 y acudió a votar, a cada voluntario que dedicó horas, días y semanas para que se defendieran los votos por darnos su confianza y por atreverse a votar, con su conciencia, por aquellos candidatos que mejor le representan. Es hora de cumplir con inmensa responsabilidad el ejecutar bien nuestro deber constitucional con el mayor de los empeños. Hay que gobernar para el pueblo, no para los partidos.

Puerto Rico demostró esta semana su representatividad, que es una diversa: una personalidad de pueblo que ha evolucionado y no tolerará la impunidad, porque volverá a tirarse a la calle, ya sea en verano o en invierno. Ya lo demostró antes y, con su voto, probó que nuestra historia sí se puede volver a escribir. Ahora, el pueblo es la mayoría.