Papeleta

A quince días para las elecciones resalta el hecho que “la seguridad” no ha sido uno de los temas principales de campaña. Eso a pesar de que sobrepasan la treintena la cantidad de mujeres asesinadas —de un total de más de 400 personas asesinadas este año— y que son varios los niños y niñas desaparecidos, incluyendo los que han estado bajo la custodia oficial del Estado. Eso no es poca cosa si tenemos en cuenta que desde hace siete meses los puertorriqueños vivimos una restricción de libertad de movimiento sujeta a horario, denominado “toque de queda”. Como en aquellos tiempos de antaño en que las libertades individuales estaban sujetas a la voluntad del Gobierno. Por lo tanto, reducido sustancialmente el número de personas en las calles, esa cifra de asesinatos, lejos de poder ser atribuida como un logro por parte de las autoridades de seguridad, debe ser motivo de profunda preocupación. Como cuestión de hecho, la mencionada restricción de libertad de movimiento, a la larga, tendrá un efecto social de presión que ante la carencia de válvulas de escape estallará próximamente con olas de violencia sin precedente.

Ya en el pasado reciente hemos vivido esas olas de violencia. Por ejemplo, en el año 2012 fueron 1,135 los asesinatos en un país de apenas 3 millones de habitantes; lo que nos ubicó en una tasa de muertes violentas de las más altas del mundo. Las cifras actuales, aunque menores, no nos dejan bien parados al respecto. Esas olas de violencia que se avecinan nos cogerán con un aparato de seguridad sumamente menguado. A diferencia de la década pasada, en la que Puerto Rico contaba con alrededor de 22,000 policías, hoy esa cifra es menos de la mitad. Los raquíticos salarios de los policías, la nefasta Ley 3-2013 que les quitó la promesa de retiro —lo cual quizás era el único incentivo que los mantenía en la fuerza— junto con el deterioro marcado en la calidad de vida, ha mermado la fuerza policíaca. Así pues, se nos avecina una crisis de seguridad con menos de la mitad de los policías y recursos que en el pasado.

A pesar de ello, en medio de una campaña eleccionaria para elegir a los que regirán los destinos de nuestro pueblo, el tema de la seguridad no ha sido prominente y nada indica que será uno de los principales temas de campaña. Se ha hablado de todo en las campañas menos de seguridad, con alguna que otra excepción a manera de pincelada. Hecho más que elocuente si tenemos en cuenta que la principal razón de la creación del Estado moderno es precisamente la seguridad. Así pues, estamos a quince días de las elecciones con una fuerza policíaca de menos de 9,000 policías en medio de unos protocolos de manejo del Covid-19 que impone cuarentenas a unidades completas y cuarteles. Lo que sumado a la realidad de que siempre habrá otras enfermedades y situaciones que enfrenten —como todos los seres humanos— los miembros de la Policía, se verán turnos en los que contaremos con apenas entre 20 a 30 policías por cada 100,000 habitantes, más el hecho de que habrá sectores densamente poblados y municipios completos con apenas dos o tres policías por turno.

En resumen: (1) Se avecina un incremento sustancial de violencia y actividad criminal con; (2) escasez de policías; (3) escasez de recursos económicos para atender esas necesidades y; (4) una Junta de Supervisión Fiscal que le requiere al Gobierno de capacidad organizativa y planificación detallada para darle incrementos de presupuesto.

Pero las prioridades del debate eleccionario se han ido por las ramas. Ciertamente el problema de la criminalidad y la violencia es uno multifactorial que no se resolverá de un día para otro ni con el populismo discursivo de “más y mejores policías”. Un plan integral para combatirlo tomará décadas en reflejar resultados concretos. Pero no podemos continuar dejando para otro año o cuatrienio la elaboración e implementación del mismo. El mejor momento para discutirlo es precisamente el periodo de campañas eleccionarias. Aquí mientras tanto “bien gracias”. 

No podemos esperar tener el agua hasta el cuello para salir corriendo a reaccionar a los titulares.